Thursday, October 20, 2005

La causa de la guerra

Lucas, hermano,
dejame que te diga una cosa,
he leído tu libro.
Pero siempre me pregunté si una lectura,
el hecho de nombrarla, de señalarla,
de adherir a ella de un modo que sugiera
a tientas, un derecho de propiedad,
no es la mejor manera de decir
que uno no ha leído.
Esa es la única pregunta que me hago,
la que jamás podré contestar.
Qué nos deja una lectura.
Sólo la literatura puede contestarla.
La crítica, si se quiere, o cualquier
otro tipo de discurso
-aunque fuera de la crítica y la literatura
no hay otra cosa-,
se convierte en literatura en el momento
mismo en que logra
animar el reflejo
de una respuesta
a esa pregunta.
Es el único momento en que la crítica interesa.
La literatura misma interesa
sólo en esos momentos.
Porque, ¿qué es la literatura?
Al leer a Proust, me han asombrado
la intensidad y la frecuencia obsesivas
con que el narrador (así lo llaman, siempre)
vuelve una y otra vez
a formular esquemas de pequeñas teorías
sobre la lectura.
Eso, es: esquemas, borradores,
aproximaciones a ideas,
algo que se vislumbra
pero no se puede apresar.
¿No pasa lo mismo en tu libro?
¿Qué es lo que producen los discursos,
sino lecturas?
Y he ahí lo fabuloso de la poesía,
la posibilidad de decirlo todo
con una arbitrariedad que designa
algo del orden del saber.
Porque, en efecto, ¿esa es la manera
como una lectura nos afecta?
¿Como aquello que nos determina,
que nos obliga a hacernos cargo
de nuestras determinaciones particulares?
¿Como un azar que secuestra la languidez
de no pronunciarse por ninguna
sustancia particular?
¿Como el tiempo, que arrasa con todo,
incluso con la historia misma?
Pero estoy derivando
desde la dirección en la que iba,
y vuelvo a ella.
He leído tu libro.
Y desde el punto de vista opuesto,
¿en qué consiste la buena escritura?
¿En la riqueza técnica,
en la mayor densidad de tropos retóricos,
clasificable según una lectura objetiva?
¿En aquello que atrae sobre sí
ciertas definitorias malas lecturas
que hacen a la época?
¿O en fin, en algo más, otra vez, aquello
que es residuo, ese plus sobre el que…?
¿Es algo definido en función de una intensidad?
Si te pudiera explicar la gran alegría
que me produce ser poeta.
Alguien que, desde la perspectiva
de un cierto orden del discurso
al que podríamos llamar sociológico,
es pasible de ser definido
en función de determinadas condiciones, x.
También así una crítica de la cultura.
Y me niego a suscribir a la poesía
a un orden del discurso que la ligue
a lo que no es la razón.
Entonces: Cero. Nada.
Anoche tuve un sueño: vos y yo
nadábamos desnudos en un inmenso río
y después descansábamos al sol sobre una playa
de piedritas redondas,
leyendo a M con inmensa alegría,
sonriendo.
Éramos felices.
No es que deseáramos evadir
las leyes generales de la vida,
pero les éramos ajenos.
Sólo eso. No la construcción de lo salvaje
ni la acumulación barroca
de lo que tiene su razón en la ciudad.
Perfectos, ávidos para el amor.
Nosotros, victorianos.
Y en fin, ¿qué te puedo decir?
¿Qué me ha dejado
la lectura de tu libro?
-un gesto, una posición de la escritura,
sin exigencias,
no obligativa.
¿Es que debería dejar o…?
¿O al fin una lectura es aquello que,
al crear, olvida?
¿Lo mejor sería decir:
“lo he olvidado todo”…?


Siempre quise escribir
sobre una fotografía
a la que asociaba con la siguiente frase:
“caras marcadas”.
En cada una de ellas creía percibir,
con claridad singular,
los rastros y el relato
de una experiencia de la vida.
Una cara que amamos profundamente,
la de Felipe, nuestro hermano,
y otra a la que yo odio
porque llena como ninguna
el lugar de una metáfora:
la que designa el elitismo social,
cultural y económico
que asfixió mi juventud.
Fundidos, como se dice,
en un abrazo -nunca
tan acertada la cita, bíblica- de oso:
y ese anciano indiferente nos hacía leer
el antiguo testamento, judío
y sangriento. Es el error repetido
de las civilizaciones:
se fundan sobre aquello
que no pueden explicar.
Como los abrazos de oso,
que nos cubren para espantarnos
y nos repelen sólo mucho después.
Como el progreso,
que se construye violando las leyes
que viene a instalar.
El genocidio reciente me ha puesto
en posición de justificar:
a eso llamaba Hegel
astucia de la razón.
Todo lo que se relaciona con el recuerdo,
en cambio, y anida, secreto, en mi corazón,
es aquello que no estoy dispuesto a decir.
Pero esto ya no es poesía, ni política.
Puedo decirlo todo,
pero hay algo que no puedo decir.
Puedo decirlo todo,
pero hay algo que no puedo decir:
eso tal vez define
con mayor exactitud lo que siento.


Y te hiciste de un siglo XX
largo, extendido hasta alcanzar
la raíz de nuestra pasión lechera, inmigrada.
Y lo que permanecía indefinido
se define.
Pero no en la relación misma
a que se acogen
un significante y un significado contiguos.
El énfasis está puesto, más bien,
en aquello que se termina…
No en reflexiones absurdas
acerca de la arbitrariedad de esa unión…
Yo, a diferencia de estos franceses, nunca
tendría como maestro
a alguien a quien leo en traducciones.
Hasta el procurador de la barbarie
decía leer en francés.
En un pequeño aparte de tu libro
leo una verbena irónica:
“las fábricas de cerveza (Bieckert
y Quilmes entre ellas), los
frigoríficos y los molinos
azucareros”. Todo el sistema
de alusiones que monta,
y su música espléndida.
Indudablemente, el “lado del vino”
y el “lado del azúcar” me han expuesto
a muchas decepciones y a muchas faltas,
porque unieron dentro de mí indisolublemente
impresiones distintas que no tenían otro lazo
que el haberlas sentido ahí
al mismo tiempo.
“Durante un exasperantemente largo
período de aprendizaje”…



“No puede saberse
si hubo malas políticas”:
son las malas políticas
como las malas lecturas
aquello que forma la materia
espesa de la historia.



“Los hechos no tardarían
en desengañar estas esperanzas…”



la política, ese sujeto que dirime
al volverse sobre sí, como si todo fuera
una cuestión “interna”...


...los movimientos internos,
que al desplegarse…



…ah, el ala política, ah…



...mis maestros de la vanguardia,
a los que tan difícil les resulta a veces
reconocer el arte de su tiempo...




…porque algo hay que dar,
para estar en la ciudad.
Los que se empeñan en quedarse afuera
terminan entregando
todo…
¿Vos te preguntaste alguna vez
cuál es la causa de la guerra?
¿Te parece que esa
es una pregunta pertinente,
o bien, te parece, la idea
de que la crisis constituye una erupción
sobre una superficie plana
es una idea
que hace abstracción de las fuerzas motrices
del desarrollo social
y su acción continua
sobre la superficie de la vida?
Es eso lo que hace innecesaria
toda “defensa de la poesía”
y no
la idea de que hay una tábula rasa
donde…

...un lugar donde las asociaciones
entre los elementos acumulados
y los grandes movimientos
nunca son perceptibles más que como síntomas.

Todo no se explica
por la multiplicidad de las causas.
Prefiero las razones singulares
del movimiento tortuoso de la historia.
Prefiero, a la explicación de la concurrencia
de tres factores para la transformación del 80
(trabajo, capitales, tierra),
ese momento más suave y suspendido:
‘las tierras ya estaban ahí…’






La traducción, dice P al comienzo
de uno de sus libros...





…ah, la inteligencia de la vida, que te une
y te separa…



Porque, ¿dónde está el centro?
¿Es un concepto?
¿Revista en las filas de la abstracción
a favor de ninguna particularidad?
¿Es una forma?
¿Hay muchas
formas de centro?
¿Somos la partícula sofisticada de una clase,
imitamos al pensar
los mecanismos del otro,
lo incorporamos
y lo masticamos
y lo deglutimos?



…el despliegue del progreso,
de los amigos del progreso.
¿Somos los amigos catequizantes del progreso?
¿Somos paranoicos de la naturaleza?



Las descentradas, firmes en sus convicciones
a través del amor y del dolor.
Las que lo han perdido todo.
Ah…
¿Y nosotros?
¿El amor, el dolor…?
Cero, nada.
¿Qué verdad estamos, Lucas,
en condiciones de producir?
¿La tragedia y la comedia
de nuestros pequeños corazones?
¿La verdad del otro que yace aquí, dentro?
¿La verdad de la modernización?
¿La verdad del progreso y de la guerra
que arrasan con la ley
que vienen a instalar?
Ah, fraguamos la contradicción
para inventar una lengua
que parece tolerar lo intolerable.
Esta guerra íntima.
La toleramos
con cierta calma apacible
hasta que entra a fungir el deseo,
ese traidor que se solaza
en el ejercicio inapelable de su impunidad.




“un profesor de ciencias naturales alemán”




“sensibilidad de los flujos”




La economía como la convergencia
de una “comunión de esferas”
la economía
como relato
de una situación de lucha



“la intensidad y la dirección de las migraciones”




Explicar, explicar en su entonación misma,
¿no es explicar la razón,
la razón triunfante?




“se necesitaba capital”



De pronto: una frase donde el relato se para
sobre el altar merecedor de diatribas
de la eficacia conclusiva.
Algo del orden de lo inapelable.
La política como lo que te coloniza la mente.



“sólo lo que la tierra contiene”



Y tal vez no reparé en un detalle
que el intérprete avezado…,
no penetré en lo más intenso, por así decir,
no logré acariciar lo más áspero del texto.



¿Pero estos no eran los mismos que…?
Y lo viejo, lo recargado, lo difuso,
lo barroco, en fin, adjudicará esto
a un cierto escepticismo aplicable…
Lo nuevo, los que creen ver lo nuevo,
los que compiten
para ver quién fue el primero…
Este escepticismo no es blando, ni apolítico,
ni desilusionado.
Este escepticismo tiene su raíz profunda
en la situación,
y desea más que nada pertenecer a la ciudad.



Sólo las señales de lo nuevo, de
lo que comienza, nos hablan de lo que cede
a la potencia avasalladora de la historia
entendida como lo que atrae
el signo de alguna permanencia,
aunque más no sea, el signo de todo
lo que marcha.



Ni una sombra que apague
la luz que viene de ese texto.
Ni una reflexión que agite
los pensamientos que han venido a reposar
y ordenarse a mi cabeza
después de una tarde de ver pasar los trenes,
de buscar con éxito considerable
la paz absoluta que -no lo sospechaba así-
vine a procurarme a este jardín de rosas.



“la hemorragia de oro se torna insostenible”



No veo factible que
nada de eso altere
esta suspensión de la sensibilidad,
ese momento-antes de disponerme a seguir
leyendo
tu texto.



“Olas, grandes olas…”



“el canto del fin de las cosas”.



Escribo y corrijo, escribo y
corrijo.
Parezco confiar en el azar
para no entregarme por completo
a la inteligencia de mi propia lectura.



“las instrucciones genéticas”



Esta proximidad violenta de la política,
de una política que te quema
para que no te quedes quieto
y a la vez
esa especie de trotskismo de derecha, no,
este trotskismo
que no reconoce
izquierda, ni derecha, ni nada.


El molusco del lenguaje,
lo interminable.
La lectura orgánica
y esta lectura que no tiene duración.



...una advertencia de la subjetividad...



“Pero esa interrupción era una sorpresa
del futuro”…


La causa de la guerra. Buenos Aires, Siesta, 1998.